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Cómo te has dejado llevar a un callejón sin Sabina

Arrojé mi pantalón al piso. Mágicamente, el sudor se había transformado en polvo de hadas, en el polvo de la fée clochette (la Campanita de los bohemios), a quien buscamos a de bar en bar, en las noches perdidas donde nos encontramos envueltos en las notas de la negra noche en que pisamos el acelerador para huir de las arenas movedizas de la cotiadianeidad, atravesando el bajío como conductores suicidas, haciendo mucho-mucho ruido, para hacer como si hubiera donde hacerse fuerte, y llegar por fin a ponernos un trago más escuchando quinientas noches para una crisis. O quinientas crisis para una noche, porque cuesta llegar al Auditorio Telmex de Guadalajara desde la humilde Morelia de humildes sueldos y humildes personas que han perdido (o nunca la han tenido) la costumbre de perderse en las megaciudades.

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Un concierto de veinticinco que duró más de tres horas, con catorce canciones de programa y once de encore en varias etapas. El concierto abrió con Lili Marlene cantada, por supuesto, por Marlene Dietrich. En el fondo, una pantalla donde se proyectaron los dibujos de Sabina, tomados de su libro Muy personal y animados para acompañar a la música por, seguramente con la ayuda de Flash y After Effects. Una referencia más a los veinte, treinta, fue una proyección con mujeres a la Belle Époque que acompañó Pero que hermosas eran.

Todas sus canciones sobre México salieron a trabajar: Viridiana, Y nos dieron las diez, Por el boulevard de los sueños rotos, con foto de Chabela Vargas y el Sabina joven con el que nos enfrentamos en Mentiras piadosas. Muchos lo conocieron con Y nos dieron las diez, dicen. Yo lo conocí con Pobre Cristina interpretada, increíblemente, en Siempre en domingo, programa que yo ni veía porque detestaba a Raúl Delasco y a los cantontos telebizca. Era el destino. Un destino común porque lo comparto con su incontable número de adoradores (devotos, los llamó La Jornada).

Sabina abre con Ahora que, precedido por expresiones que él lanza de viva Jalisco y viva México, cabrones. Tengo materia para ejercer el perdón. Diecinueve días y quinientas noches. Barbie superestar, en una versión mucho mejor que la del disco. Al terminarla, explica la gira y su relación con el disco. Luego, viene La Magdalena en formato de voz y teclado, con Mara Barros de puta hermosa, debajo de un farol. A mis cuarenta y diez, con introducción de armónica. Donde habita el olvido, con apertura de guitarra a lo Santana. Ése no soy yo (It Ain’t me, Baby), un estreno prometido, que es una vieja canción de Bob Dylan, traducida libremente). Continúa Peces de ciudad, que Sabina dedicada al escultor Jonás Guitiérrez. Vienen a trabajar Viridiana y la rubia platino. El caso de la rubia platino es cantada por Jaime Asúa. Una rima octosílaba de Sabina que, pienso, debe estar en su libro de poemas. Sigue Cerrado por derribo. Pero qué hermosas eran tiene un video hermoso, del que hablaré luego. Toca Más de cien mentiras, la que aprovecha para presentar cantando a sus músicos.

Los músicos, a los que llama su familia: Josemi Pérez Sagaste en el saxofón tenor, el clarinete, la flauta transversa y los teclados; Jaine Asúa en la guitarra, Antonio García de Diego en guitaras y teclado; Pancho Varona en la guitarra y el bajo; Pedro Barceló en la batería, Mara Barros en coros y percusiones, y todos en los coros, las ocurrencias, las actuaciones dramáticas. Los presenta con octosílabos para cada uno de ellos dentro de Más de cien mentiras. En sus conciertos suele hacer esto, aunque puede variar de canción de fondo. Atrás, en la pantalla de imagen, aparecen fotos de ellos cuando niños. Sigue Noches e boda e Y nos dieron las diez, ligaditas a través de sus tres cuartos tradicionales del corrido. Aquí parece que el concierto se va a acabar.

La gente, con las lucecitas de sus celulares, con las palmas de sus manos, con su naquez futbolera, le aclama. Ésos o-e, o-a, Joaquín, Joaquín, ya saben. Y entonces sale Jaime Asúa a abrir el primer encore. Grita “somos Los Ramones“. Sigue el espectáculo. Conductores suicidas, La canción de las noches perdidas (cantada por su corista, Mara Barros), Y sin embargo te quiero, también hecha por ella, que da paso a Y sin embargo, ya con Sabina, como en el disco 2 de Nos sobran los motivos, aunque ahí creo que canta Olga Román. Y sigue Por el Boulvard de los sueños rotos, Princesa. Todas las personas de la parte baja dl Auditorio están en pie y mueven sus bracitos rítmicamente (o, al menos, intentan seguir el ritmo). Sabina vuelve a salir del escenario, pero la gente, arrítmica y feliz, extasiada e intoxicada, sigue aplaudiendo hasta que consigue el segundo encore.

El Auditorio Telmex, enterito, cantaba. En un acto que parece que es performance extra escénico, una chica le tira unos calzoncitos sexis, que él levanta y que le da pie a hacer unas bromillas. Muchos comentarios son los mismos que los del concierto en el D.F.: el ictus sufrido, la explicación de la gira con el disco con el mismo chiste de “en mi casa sólo se oye buena música” (con la dérision incluida),la broma con el chicharito, las ganas de regresar a México (o a Guadalajara que es casi lo mismo), las bromas de apertura de La Magdalena, el “llevo quinientas noches celebrando la impúdica belleza de estar triste”.

Sabina es todo un depresivo, pienso, pero capaz de hacer tanta belleza. Hay una enorme tristeza en sus dibujos, casi todos mujeres y casi todas desnudas, muchas de ellas a lo Pola Neri. El uso tremendo de los negros, de los rojos para las bocas como heridas, con labiales corridos, medias de puta, posturas de sexo, ojos de vendimia, diría Quevedo. Tristeza de líneas y colores, tristeza de textos y líneas melódicas. Y, sin embargo, a mí Sabina me da ganas de seguir adelante. Me ayuda a soportar, a explicarme un poco la vida. La banda sonora, dice la Canción de los (buenos) borrachos que, como una novela, me presenta una visión del mundo más cercana al Deseo.

Su voz, que ahora ya se entrega a la impúdica belleza del desafine, está muy bien protegida por la de Mara Barros, quien, casi psíquica, busca, espera y cacha el tempo de Sabina, a quien le gusta atrasarse, adelantarse, detenerse para hacer una variación o una broma. Las guitarras tenía fuertes influencias de Santana y Pink Floyd. Hubo una referencial inclusión de la armónica tocada, obviamente, a lo Bob Dylan. Usó muchos quotes a lo largo de las rolas: una guitarra que abría los Conductores suicidas con unos compases de Guadalajara, Guadalajara; Pero qué hermosas eran terminando con Kalinka, con el estribillo en ruso (Kalinka maiá, mi Kalinka) y una letra en honor de Jalisco.

Para el encore, sale Antonio García de Diego acompañado sólo por su guitarra. Vuelve Sabina con Tan joven y tan viejo, Amores que matan, Pastillas par no soñar, que hace con un platillo en cada mano. Y, finalmente, se despiden todos, cantando a capella en el centro del escenario, juntos, quizá abrazados, un fragmento de la Canción de los (buenos) borrachos. Muy ad hoc. Medio mundo está briago.

Todos menos yo, porque debo regresar a Morelia. La gente sale por los pasillos, baja por las escaleras, hace enormes filas en el baño, suda, da pasitos arrastrados, se abraza, y muchos cantan la Canción de los (buenos) borrachos, que han mantenido en la cabeza mientras salen, hombre masa, y ama, recuperando su individualidad. Algunos hacen porras o yo no sé qué, al Atletic. Están muy borrachos: ¿de cerveza o de Sabina?

El concierto ha sido muy emotivo, más que aquel de Morelia en el que lo vi hace tanto en el Teatro Morelos. Sabina envejece, como los hombres. Se mantiene, como las leyendas. Los fieles rezamos cuando cantamos al dios de los perdidos para que nos mantenga los oídos sanos y no nos deje llegar a un callejón sin Sabina.

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