El origen de las ofrendas de Día de Muertos

El origen de las ofrendas de Día de Muertos

Las ofrendas en España

En la escatología hispana las almas no estaban obligadas a recorrer un largo y penoso camino para llegar a su destino, como por ejemplo sucedía en la cosmovisión mexica; por lo tanto, no había que ofrecerles los alimentos y enseres necesarios en su viaje al más allá. Las almas se conformaban con retornar a la tierra, en esencia, una vez al año, para nutrirse de las sustancias de los alimentos ofrecidos por los aún dolidos parientes, durante la fiesta de Todos los Fieles Difuntos, instituida por San Odilón, abad de Cluny, Francia, en 998 y pronto extendida a todas las comunidades católicas. Así pues, en la España del siglo XVI, era costumbre llevar a los funerales ofrendas consistentes en pan y vino. Cada año se visitaban las tumbas de los parientes muertos y se colocaban sobre ellas ofrendas de panes, vino y flores de crisantemo o de siemprevivas, particularmente empleadas en Cataluña. En Aragón, región noroeste de España que comprende las provincias de Zaragoza, Huesca y Teruel; y en las Provincias Vascongadas, a las ofrendas se les agregaba trigo. Tales ofrendas  también podían colocarse en las iglesias.

Todos Santos

Para la fiesta de Todos Santos, los españoles acostumbraban hacer una comida para recordar y brindar tributo a los difuntos de la familia. En esta comida, las mujeres lucían su arte coquinario elaborando los mejores platillos típicos de la provincia o región que habitasen. Se trataba de una costumbre muy antigua que los españoles habían heredado de los hábitos funerarios de los grupos humanos que tuvieron una marcada influencia en la cultura hispana, tales como los iberos, los celtas, celtíberos, fenicios, griegos y romanos. Pues en todos estos grupos, unos naturales de la Península y otros conquistadores de ella, contaron con rituales mortuorios que incluían ofrendas de alimentos. Sin embargo, no se puede descartar la posibilidad de que los españoles hayan heredado de los árabes, asentados por siete siglos en España, dicha costumbre, a su vez adoptada de los egipcios y, posiblemente, de los chinos. En Asturias, el Día de Muertos las ánimas llegaban a las casas de sus familiares insomnes, ya que éstos no dormían para no tener ocupadas las camas que habrían de servir para que descansasen las almas en su visita a la tierra.

La función principal de brindar una ofrenda a los muerto se basaba, y aún se basa fundamentalmente, en el deseo de recordarles que los vivos no los habían olvidado y que todavía se les recordaba con amor. Tal vez hubiese también el deseo oculto, o manifiesto, de conseguir la protección de las almas ante las calamidades y terribles penas de la vida, una especie de magia propiciatoria subyacente en el ritual, en este ritual de todos los tiempos y culturas.

Las ofrendas en el México conquistado

En México, el concepto y la costumbre de poner ofrendas, conocida ya por los indígenas, fue fácilmente aceptada por éstos y hasta cierto punto modificada, aunque manteniendo elementos autóctonos, para dar lugar a la ofrenda como actualmente la conocemos, obviamente con todas sus variantes grupales y regionales. Es decir, las costumbres españolas y las indígenas se sincretizaron, se juntaron, se unieron, y de esa unión surgió algo nuevo. Salvador Rueda Smithers nos refiere: …Ambas manifestaciones luctuosas populares debieron sumar elementos a lo largo de los siglos: comida de origen prehispánico, dioses sincretizados en la figura de los santos y -¿por qué no?- catafalcos barrocos desdoblados en mesas para ofrendas, que presiden los retratos de los parientes idos. De hecho no se tienen registros seguros del origen de los altares de muertos de la cultura popular; pero la profusión de ornamentos floridos y la disposición de velas, retratos e imágenes, de manera que el conjunto semeja las construcciones efímeras de emblemas y mensajes funerarios, hacen pensar que fueron los tiempos barrocos los que dieron forma a las hoy tan generalizadas ofrendas domésticas del 2 de noviembre. La hipótesis es realmente interesante y sugestiva, si tenemos en cuenta que el catafalco, palabra proveniente de latín captare, catar, mirar, y del germánico balko, estrado, es un túmulo adornado con magnificencia que se coloca en los templos para las exequias solemnes, y que se parece mucho a nuestras  ofrendas de muertos.

Por su parte, Sebastián Verti opina que las ofrendas, tal como las ponemos hoy en día, se empezaron a realizar gracias al beato Sebastián de Aparicio, en 1563, en la hacienda de Carega, situada en Azcapotzalco, Distrito Federal. De este memorable lugar, se fueron extendiendo a todo el país, entre grupos indígenas y mestizos. Según el investigador, de esta misma época datan las calaveras de azúcar vaciada, elaboradas a instancias de mismo beato para colocarlas en las ofrendas, y para gozar de ellas en su calidad de golosinas. De estos mismos inicios del siglo XVI, data la costumbre de alumbrar con lámparas de aceite y velas, el camino que habían de recorrer las ánimas para que no se perdieran al llegar a la ofrenda; así como el ofrecimiento de agua para mitigar su sed. Fuego y agua, dos elementos ya utilizados por los indígenas prehispánicos como parte de sus ceremonias mortuorias y de índole psicopompe el uno y sagrado, la otra. Obviamente, ambos fueron retomados por los indios en su nueva forma resemantizada, no tan alejada de la original.

La cremación y el entierro

En cuanto a la cremación y el entierro, culminación de los funerales mexicas, sufrieron una profunda transformación. La cremación fue rotundamente prohibida, por considerarse que con ella se destruía el cuerpo carnal, tan necesario en el futuro Día del Juicio Final, y no fue sino hasta el año de 1957 que el Papa Juan XXIII otorgó permiso para que los cadáveres pudiesen incinerarse. Sin embargo, la práctica empezó a efectuarse hasta 1964, aún con muchas reticencias, como hasta la fecha con las nuevas restricciones papales. Prohibida la cremación, el entierro devino un acto común, pero los cuerpos ya no podían enterrarse como antaño en los templos o en los patios de las casas, sino en lugares específicos, en cementerios que se encontraban en las iglesias y en las instituciones de beneficencia. Los espacios de enterramiento se determinaban de acuerdo a la importancia del difunto. Los muertos de alcurnia y renombre se enterraban dentro de las iglesias, y los de menor cuantía se inhumaban en los atrios de las mismas, y en los terrenos que se encontraban alrededor de los templos.

Los atrios eran espaciosos, amplios, en relación con el número de nuevos adeptos de una determinada zona o localidad. Eran casi siempre rectangulares, así como los terrenos consagrados por los obispos para recibir a los muertos. En el año de 1681, por ley promulgada por su Majestad Carlos II, se permitió a los indios ser enterrados en los monasterios e iglesias que deseasen, y que en caso de encontrarse alejados de ellos, cualquier cura pudiera bendecir un pedazo de campo para que ahí pudiesen sepultarse conforme a la ley de Dios. Antes de esta promulgación, los indios eran considerados  especies de animales sin alma sin derecho al terreno sagrado. En cuanto a los frailes, se enterraban en la parte estructural de los conventos llamada Capítulo o Sala Capitular, localizada cerca de la sacristía, y a la que podía accederse a través del claustro. En esta importante sala, cada semana se realizaban ceremonias en memoria y homenaje a los frailes ahí enterrados y que se habían abocado a la tarea evangelizadora de indios. Además, en el Capítulo se efectuaban las reuniones para tratar aspectos relevantes que concernían a la comunidad.

A raíz de la primera traza de la ciudad, en 1523, llevada a cabo por Alfonso García Bravo, se formaron las parroquias de Santa María Cuepopan, San Sebastián Atzacualco, San Pablo Teopan de las que dependían los cementerios de El Tepeyac, Azcapotzalco, Tacuba, Tarango, Chalco, Tláhuac, Iztapalapa y Mexicalcingo, los cuales perduraron durante toda la Colonia. En la ciudad de México el primer cementrerio recibió el nombre de Panteón de San Gregorio. Estaba situado en el terreno que actualmente ocupa el parque Gabriela Mistral situado en la avenida Cuauhtémoc y Manuel M. Anza de la colonia Roma. Todos estos cementerios fueron los primeros testigos de las ceremonias y los rituales mortuorios populares que, cada año, llevaban a cabo los indígenas primero y luego los mestizos, que se adhirieron a esta celebraciones de Día de Muertos. Obviamente muchos indios fueron enterrados en esos espacios sagrados impuestos por el nuevo orden, aceptando sin reparos, al menos aparentemente, las nuevas costumbres religioso-funerarias que les impedía la usual cremación. Y esta aceptación trajo como consecuencia que la costumbre ancestral de colocar ofrendas domésticas a los muertos, saliera del ámbito familiar, para alcanzar los altares de las iglesias, los atrios y las tumbas.

Los convites mortuorios populares no gustaron mucho a las autoridades, pues en 1585, por Concilio III provincial mexicano y confirmado por el Papa Sixto V, se prohibieron, así como las corridas de toros que se hacían con motivo de la muerte de los prelados de la Iglesia. Pero el pueblo no dejó su costumbre de festejar a los muertos. A pesar de la prohibición siguieron colocándose ofrendas en las casas y las tumbas consisten en bebidas, alimentos, ceras, y flores, y se continuaron ofreciendo rezos, misas y llantos que se acompañaban con música y danzas, específicamente ejecutadas para la ocasión. Las humildes tumbas populares debieron convivir con las capillas construidas ex profeso, que albergaban los restos mortuorios de muchos destacados y ricos españoles, y alguno que otro criollo afortunado.

La muerte de los “angelitos”

Así, el pueblo mexicano dejó a un lado sus cinco días al año en que se organizaban festejos a los muertos, y se conformó con tan sólo dos, uno de los cuales estaba dedicado a los muertos chiquitos, como antaño, pero ahora ya no se trataba de niñitos lactantes con la posibilidad de reencarnar por no haber cometido el pecado de comulgar con la tierra o haber tenido relaciones sexuales, sino de niñitos que al morir se convertían en angelitos, esos seres sobrehumanos, servidores y mensajeros de Dios. La muerte de un angelito no debía recibirse con demasiado dolor, sino por el contrario su deceso era menester que estuviese impregnado de mucha alegría, toda vez que al muertito se le aseguraba una llegada al cielo inmediata, siempre y cuando estuviese bautizado. En España existía la costumbre de realizar el Baile de los Angelitos que consistía en llevar al difuntito cantos y bailes con guitarras y castañuelas, durante su velorio. Esta tarea corría a cargo de amigos y parientes, especialmente de aquellos aún jóvenes. La tradición del Baile de los Angelitos estuvo arraigada sobre todo en la parte sur y central de la Península. Charles Davillier cita el siguiente testimonio: En la parte posterior del cuarto pudimos ver, estirada sobre una mesa a la que cubría un ropaje, a una niña de 5 ó 6 años, vestida como si fuera a ir a una fiesta. Su cabeza, adornada con una corona de azahares, descansaba sobre una almohada. Al momento pensamos que estaba durmiendo, pero al contemplar un vaso de agua bendita colocado junto a ella, y los cuatro grandes cirios que ardían en las esquinas de la mesa, comprendimos que la pobre criatura estaba muerta. Una mujer joven –la madre, nos dijeron- había tomado asiento al lado de su hija, llorando sin represión alguna.

Pero el resto del cuadro contrastaba singularmente con esta escena angustiosa. Un joven y una joven vestidos con las prendas festivas de los trabajadores valencianos, bailaban la jota más alegre que se pudiera imaginar, acompañándose con las castañuelas mientras los músicos y los visitantes formaban un coro a su alrededor, dándoles ánimos, cantando o batiendo palmas.

Es factible que de estos bailes se deriven los juegos de velorio que actualmente se practican en ciertos lugares del estado de Tlaxcala como son San Pablo Tlalcuapan, San Juan Totolac y San Nicolás Terranate; así como en Atlixco, Puebla y ciertos sitios de Veracruz. En los velatorios infantiles, aparecen juegos como La Nalgada, La Sortija, Al Anillo, Los Compadritos, Ojos a la Vela, Los Frutos, El Roto Cholengo y Los Panaderos, entre otros que han sido recopilados por la investigadora Lilian Scheffler.  Los velorios de angelitos a la manera española, pero con el sabor mexicanizado, aún estaban en boga en el siglo XIX, según el registro de García Cubas: Considerada la muerte de un niño como el tránsito de un ángel, creen de su deber, los que tal costumbre siguen, el despedirse de aquél por medio de una fiesta, en que hace el principal papel la misma madre, la que por rendir culto al uso inveterado enerva en su corazón los más grandes y puros sentimientos. Tiéndese el cadáver del niño, cúbresele de flores y se le encienden dos o cuatro velas de sebo; una orquestilla compuesta de tocadores de arpa, vihuela y aun jaranitas, ejecutan sonecillos del país, menudeando el tradicional jarabe que, por parejas, todos bailan, no dándose más treguas que las necesarias para saborear los bizcochos y gorditas y apurar algunos vasos de aguardiente.

 

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