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El origen del copal en los Altares de Muertos

La palabra copal proviene del náhuatl copalli, resina o goma blanca, que se extrae de un árbol aromático de la familia de las burseráseas llamado científicamente Bursera Jorrullensis. Puede llegar a medir hasta 7.5 metros de altura; su corteza es delgada y exfoliable. El empleo del copal en México data de la época prehispánica. Todas las culturas mesoamericanas lo consideraron parte indispensable de sus ceremonias religiosas. A esta resina, los mexicas la apreciaban por la función psicopompe que realizaba, ya que tenían la facultad de abrir el camino a los dioses para que pudiesen llegar hasta este mundo a presenciar las ceremonias y homenajes de que eran objeto por parte de los creyentes. Los encargados de ofrecer el copal a los dioses eran los sacerdotes, quienes encendían las brasas en unos incensarios de barro que tenían la forma de cazos medianos, a los que se añadían unos mangos largos y huecos, llenos de piedritas para que al ser movidos sonasen como sonajas. Sobre las brasas de estos recipientes, los sacerdotes echaban el copal y lo ofrecían a los dioses levantando el incensario y dirigiéndole hacia los cinco puntos cardinales.

Fue tan relevante el empleo del copal en la religión mexica que incluso había sacerdotes cuya exclusiva función consistía en proveer y tener listo el copalli que había de quemarse en determinadas festividades. Estos encargados recibían los nombres de Tullan Tehua, Chalchiuhtlicue Acatonalquacuilli, Tzapotlateohuatzin, y Moloco Tehua. En todas las ceremonias de los antiguos mexicanos se empleó el copal en grandes cantidades. Por ejemplo en los homenajes que se le dedican a Ixtlilton, el dios negro, también llamado Tlaltetecuin, o en las celebraciones a Huitzilopochtli, en el mes Tóxcatl, cuando el copal se usaba en gran profusión, colocado en los temaitl bellamente labrados por los artesanos alfareros. Para las calendas del mes Etzacualiztli, en las fiestas en honor a los diosecillos del agua los tlaloques, habitantes del Paraíso Tlalocan, los sacerdotes portaban en los brazos unos panes de copal en forma piramidal. En la parte más estrecha del pan, se colocaba una bella pluma de quetzal denominada quetzalmiyaoáiutl, simulando una especie de penacho. Entonces, los sacerdotes iniciaban una procesión hasta la orilla del lago Tenochtitlan, donde procedían a arrojar los panes de copal junto con las imágenes de los tlaloques hechas de hule. Durante este sacrificio quemaban copal y papel, para honrar y reverenciar a estos traviesos duendes del agua. Cuando los mexicas efectuaban una vez en la vida sus confesiones a la diosa Tlazoltéotl, la Comedora de Inmundicias, el penitente debía echar copal al fuego en señal de juramento, como una prueba de que diría toda la verdad. Este acto reforzaba el primer juramento en el que se tocaba la tierra con la mano, para luego lamer lo que se había adherido a ella. Esta maravillosa resina también sirvió a la justicia. Los jueces mexicas lo usaron durante el ejercicio de sus funciones, con el propósito de que los dioses se sintieran honrados y les brindasen la suficiente sabiduría e imparcialidad para emitir un buen juicio que castigase al culpable y absolviera al inocente. A más de ello, el copal cumplía funciones terapéuticas. Por ejemplo, para aliviar las enfermedades de los niños, se les colgaba del cuello una bolita de copal sujeta con un hilo de algodón. O bien el adivino, conforme a los síntomas presentados por el paciente, determinaba cuántos días el niño debía llevar las bolitas amarradas a las muñecas o a los tobillos, para aliviarse del mal que lo aquejaba. Pasados los días obligados, se le quitaban las bolas y se las quemaba en el calpulco, o templo del barrio. Este ritual debía hacerse por cuatro días consecutivos. Aparte de los templos donde estaban los dioses, también en los adoratorios domésticos y en los patios internos de las casas, se ofrecía copal a los dioses. Este ofrecimiento se hacía cuatro veces durante el día: a la salida del sol, a la hora tercia, después del mediodía y a la puesta del sol. A su vez, por la noche se ofrecía el incienso al anochecer, a la hora de ir a dormir, y un poco antes de iniciarse el alba. Al ofrecer el copal se pronunciaban las siguientes palabras: ¡Señor Nuestro, haced prósperamente vuestro oficio!.

Con la conquista española, al uso del copal se le unió el del incienso ceremonial que trajo la práctica de la liturgia católica. Ambos elementos fueron empleados en muchos de los ritos de la nueva religión y como parte indispensable de los ceremoniales de Día de Muertos. En la actualidad, en las ofrendas de muertos aparece el copal en todos los grupos culturales, y no sólo en ellas, sino que también se utiliza como parte indispensable de las ceremonias de bienvenida y despedida de las almas.

 Sonia Iglesias y Cabrera

 

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