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El Parián y otros mercados coloniales

A consecuencia del incendio del Mercado Principal ocasionado por el tumulto de 1692, se originó un fuerte conflicto económico, ya que al quemarse el mercado, y algunas dependencias aledañas, el Ayuntamiento perdió una fuente de ingresos considerable. Este hecho obligó a las autoridades a dirigirse al rey para pedirle ayuda y poder reconstruir el mercado. Con algunas modificaciones propuestas por los mercaderes, se empezó la reconstrucción que daría lugar al nacimiento de otro mercado colonial. Así, en el año de 1703, la Nueva España inauguraba, festivamente, El Parián, abandonando para siempre el Mercado Principal.

El nombre del nuevo mercado se debió a que guardaba mucha semejanza con uno sito en Manila, Filipinas, que se llamaba igual. Los artículos que se vendían eran, en su gran mayoría, de gran lujo. Provenían de oriente vía la Nao de China. Pronto se convirtió en el sitio de reunión y diversión de las personas que acudían atraídas por la novedad del espléndido mercado. A los mercaderes que vendían en el Parián se les puso el epíteto de “gremio de los chinos”, “tratantes de Filipinas” o simplemente, “filipinos”

Se trataba de un mercado de gran lujo, al que acudían las clases de mayores recursos a comprar las exquisitas mercancías que se traían de España, China y Manila. En los pequeños locales del Parián podían obtenerse alhajas, seda, loza, vajillas, perfumes, cosméticos, listones, muebles, ropa, telas y mil objetos más que eran consumidos por la élite de la sociedad.

Comprendía el Parián dos edificios con tiendas a los lados y una calle de por medio. Las ventanas de los cajones que daban al exterior tenían rejas de fierro. Los compradores podían entrar por ocho puertas: tres daban al sur, tres a norte, una al poniente y otra al oriente. En el centro había cuatro manzanas de cajones. Hacia el lado oriente se encontraban los cajones de frutas, verduras, carne y semillas. A esta sección acudían personas de todas las clases sociales, toda vez que se trataba de artículos de primera necesidad.

El Parián fue víctima de saqueo e incendio, el 4 de diciembre de 1828, cuando ocurrió el motín de la Acordada, promovido por los partidarios de Lorenzo de Zavala, quienes tomaron la cárcel de la Acordada y alebrestaron a la gente para luchar contra el presidente electo Manuel Gómez Pedraza y brindar apoyo a Vicente Guerrero. El tumulto se efectuó al grito de “¡Viva Guerrero y Lobato y viva lo que arrebato!” Después de esta tragedia el mercado siguió funcionando con algunos puestos, y con el esplendor perdido. El 27 de junio de 1843, el general Antonio López de Santa Anna ordenó que fuese demolido. Así terminaba uno de los más importantes, elegantes y bellos mercados de México. Conviviendo con El Parián se encontraba un grupo de mercados de menor importancia económica ubicados en la periferia de la ciudad y en algunas plazuelas. Algunos contaban con cajones y puestos fijos; otros, con solo “sombras” y petates en el suelo. Entre ellos podemos mencionar: al mercado de San Juan, situado frente al Colegio de las Vizcaínas. Frente a la Diputación había cajones de madera y puestos que vendían comida ya preparada. En la Plazuela de Santa Catarina Mártir, se encontraba el mercado de Santa Catarina, cerca de la Real Fábrica de Tabaco, localizada en el lugar que hoy ocupa la Ciudadela. El Mercado de la Cruz del Factor, inaugurado el 27 de julio de 1793, se construyó a petición del gremio de tratantes de Filipinas, para que ahí se cambiaran los puestos de ropa vieja, herrajes, talabartería, vidrio, etcétera, que estaban en la Plaza Mayor cerca de El Parián. A este mercado se le conoció también con el nombre de El Baratillo Menor. En él se podían encontrar toda clase de artículos robados y viejos. En la Plazuela de Jesús estaba el Mercado de Jesús, donde se vendían materiales para la construcción como piedras, vigas, y ladrillos. En la Plazuela de la Cal, junto a las Vizcaínas, había un mercado que se dedicaba al comercio de tal producto. Si se quería encontrar zacate, paja, forrajes y cebada, se acudía a la Plazuela de la Paja. En cambio, en la Plazuela del Marqués se congregaban los taconeros y chapineros quienes vendían productos de cuero y hacían composturas de objetos del mismo material. En el antiguo barrio de Atrampa, estaba la Plazuela de la Candelaria, ahí se vendían aves y patos que proporcionaban la laguna y las acequias. Tales fueron algunos de nuestros maravillosos mercados citadinos.

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