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La cerámica fantástica de Ocumicho

El pueblo purépecha de San Pedro Ocumicho se encuentra a 150 kilómetros de Morelia, en la conocida Meseta Tarasca, a sólo 24 kilómetros de Charapan, con el que limita hacia el sur. Según registra la tradición oral, San Pedro Ocumicho se fundó en el lugar donde crecía un árbol denominado condemba, (Sambues Mexicana). Junto a dicho árbol se erigió una iglesia, y a su alrededor se fundaron los cuatro barrios con que contaba inicialmente el pueblo: San Miguel, al suroeste; San Esteban, al noroeste; San Pablo, al sureste; y San Pedro, al noreste. La etimología de la palabra “ocumicho”no es muy clara. Para algunos estudiosos significa “lugar de curtidores”, debido a que hasta 1910 era la actividad preponderante de este pequeño pueblo que fuera suplida por la cerámica hacia 1920, practicada, sobre todo, por la mujeres de la comunidad. Durante la Colonia se tenía por cierto que el nombre significaba “tierra de muchas tuzas”.

Parece ser que corresponde la gloria a un tal Marcelino Vicente Mulato el haber introducido y enseñado a las mujeres a elaborar el barro; a él se debe la creación de las figurillas de “diablos” que hasta la fecha han hecho famoso a Ocumicho, y que ahora son una especialidad femenina, cuya belleza y creatividad nadie puede refutar. Sin embargo, a ciencia cierta no se sabe cómo surgió la idea de elaborar los famosos diablos. Describir la producción imaginaria de estas mujeres artesanas es casi imposible, dada la variedad de temas que abarca. Las figurillas elaboradas, de diversos tamaños y colores, nos hablan de sirenas, diablos, cristos, vírgenes marías, alacranes, cangrejos, huares, soles, lunas, escenas bíblicas, escenas de la vida cotidiana, nacimientos, “últimas cenas” y etcétera, etcétera; son tantas como fecunda es la imaginación de estas indígenas cuya cosmovisión mágica es inagotable, pues paradójicamente proviene de una realidad que se supera a sí misma y deviene alucinante. Los temas para crear estas figuras de barro, atienden también al calendario de fiestas tradicionales. Por ejemplo, cuando llega la época de Navidad, se elaboran ermitaños en su cueva, pastorelas y nacimientos; para Carnaval, se hacen escenas chuscas con negritos; los diablos, tomando el papel de los 12 apóstoles, aparecen durante la Semana Santa; así como los jesuses en las cruces. El día de la fiesta patronal, el 29 de junio, se labran moros a caballo y personajes de la Danza de Moros y Cristianos; el Día de Muertos, hay muertos de barro y tumbas coloridas.

En un principio, las figurillas que hacían Marcelino Vicente y su amigo Emilio Felipe, quien fuera su aprendiz en este arte, las llevaban a vender a Paracho y Zacán. Más adelante, el mercado se extendió hasta Pátzcuaro, donde se vendían muy bien entre los turistas. Pero Emilio y Marcelino se murieron, y sólo quedó el señor Martínez –quien les había ayudado con el mercado de Pátzcuaro porque hablaba bien el español- para continuar con la cerámica diabólica. Poco a poco, la tradición se fue extendiendo por el pueblo, hasta llegar a ser lo que es hoy en día, insistimos, un arte meramente femenino, aun cuando es innegable que existen algunos artesanos alfareros. Sin embargo, las mujeres constituyen el eje de esta artesanía, ayudadas en el proceso de elaboración por los esposos y los hijos; por ejemplo, los hombres son quienes traen el barro, pintan las figuras y las venden –aunque no siempre. El aprendizaje pasa por vía materna. Las niñas comienzan desde muy temprana edad a manejar el barro para darle miles de formas.

Para elaborar una pieza el primer paso a seguir es obtener la materia prima, la cual se trata de un barro chicloso que se trae de un lugar al que llaman Echerrhi P’itakuarrhuo “lugar donde sacan la tierra”. De estas minas o “pozas”, el barro es extraído con picos y palas. Ayudada por su marido, la artesana lo coloca en costales, bolsas de plástico o ayates, que se transportan hasta el pueblo –distante cerca de dos kilómetros- a lomo de burro o en carros. Una vez en la casa, se espera la artesana al día siguiente para sacar la arcilla a secar al patio sobre unos costales, lo que evita que se contamine y ensucie con la tierra del suelo. Después de cuatro o cinco días, la tierra está seca y lista para ser molida en metates o en un molino, a fin de desbaratar los terrones; luego, la tierra se pasa por un tamizador para quitarle las impurezas que pueda tener. Ya molidita, se mezcla con agua y se forman pequeñas bolas de barro que se guardan en costales o en bolsas de plástico, para que no se seque, pues si llega a secarse, el barro ya no sirve para modelarlo. Con estas bolas de barro las mujeres artesanas darán forma a su fecunda imaginación. Acabada una pieza, se la suele bruñir con una piedra chica para quitarle las imperfecciones que pudiera tener, se la deja secar a la sombra durante uno o dos días, según el tamaño que tenga, y se la vuelve a dejar secar al sol, para que termine de secarse bien. El siguiente paso es meterla al horno de leña, hecho de piedra y tierra por las mismas artesanas, para dar inicio a su cochura. Algunas veces, los hornos son circulares y abiertos por arriba. Una vez que las piezas se cocieron, se sacan del horno y comienza el proceso de decoración: antiguamente se las pintaba con anilina de diferentes colores según la creatividad de cada una, y se las barnizaba con aguacola o clara de huevo, a fin de obtener un buen brillo, pero hoy en día se utilizan esmaltes industriales, por ser más baratos. Hay piezas que son modeladas y otras que son moldeadas. Cuando son hechas en molde, se prepara una tortilla de barro que se coloca sobre dicho molde y se aplana para emparejarla, se quitan los sobrantes de la arcilla con un hilo, casi siempre de nailon, se deja orear, se quitan los moldes y se pulen las junturas; después, siguen el mismo proceso que las piezas modeladas.

Para finalizar digamos que las piezas de Ocumicho son expresiones del arte popular que nos habla de la cosmovisión de las mujeres indígenas de ese pueblo maravilloso.

 

 

 

 

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