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La Fiesta de Corpus Christi. Los inicios.

La fiesta de Corpus Christi forma parte de la liturgia católica y es una de las celebraciones más importantes y espléndidas de la Iglesia. En ella se conmemora el cuerpo y la sangre de Cristo en el sacramento de la Santa Eucaristía, instaurado por el Jueves Santo, víspera de su Pasión, cuando después de la cena con sus apóstoles, y una vez que les hubo lavado los pies a cada uno de ellos, tomó un pedazo de pan, se entregó a la oración, lo bendijo y dio un trozo a cada uno de ellos al tiempo que decía: “Tomad y comed, que éste es mi cuerpo”. En seguida, tomó el cáliz que contenía vino, oró, lo bendijo y exclamó: “Bebed todos de él, que ésta es mi sangre. Haced esto en memoria de mí”. Este es el fundamento de la Sagrada Eucaristía.

Muy semejantes a las festividades y a las procesiones españolas de Corpus fueron las que se celebraron en los principios de la Colonia en suelos novohispanos, implantadas por el catolicismo cuyo evangelio fuera propagado por los doce frailes franciscanos que llegaron con los conquistadores, capitaneados por Hernán Cortés. Es muy posible que la primera fiesta de Corpus se efectuara en 1526, pues carecemos del dato preciso, pero es indudable que, al tratarse de una celebración de tanto relieve, haya sido una de las primeras que vio la Nueva España, y cuyas primicias correspondieron a la Ciudad de México. Aunque no solamente en ella se celebró, sino que también tuvo lugar en las principales ciudades del recién conquistado territorio. Los preparativos de tan magna fiesta daban inicio con el llamado que el Ayuntamiento hacía a los corregidores y alcaldes de las localidades aledañas a la ciudad capital, cuya encomienda consistía en asegurar la asistencia de los naturales a las procesiones.

El Día de Corpus la Plaza Mayor se convertía en toda una verbena. Al portal de las Flores llegaban las canoas repletas de variadas y sabrosas frutas, así como de flores exóticas y aromáticas. Cerca de la fuente que se encontraba frente al palacio virreinal, bajo una columnata, se colocaban los puestos que vendían las frescas y deliciosas aguas de limón con chía, jamaica, horchata, guanábana y demás exquisitos sabores. Un argentino repique de campanas y el bélico sonido producido por la artillería, anunciaban el inicio de la solemne misa que se decía en la Catedral. A ella, asistían los fieles de la ciudad y de algunos lugares cercanos. Mientras tanto, en el atrio y los jardines que rodeaban al templo, esperaban las personas que no habían tenido cabida dentro de la iglesia que comenzara la procesión de la que no deseaban perderse absolutamente nada de su majestuosidad. Ocho días antes, los indígenas de varios pueblos cercanos a la capital habían acudido con el fin de instalar la enramada, so pena de ser castigados con una multa de cincuenta pesos, en el caso de no cumplir con tal obligación. Los materiales básicos con que se elaboraba la famosa enramada eran juncia, carrizo, jarcia y madera que servían para levantar la estructura que después se cubría con maravillosas flores y olorosas hierbas cuya fragancia acompañaba a la procesión durante todo su recorrido. La enramada, además de adornar la plaza, servía para proteger del sol a los participantes de tan magna procesión y, sobre todo, a la valiosa custodia, recipiente donde se guardaba la hostia consagrada. De trecho en trecho, se levantaban arcos triunfales en los cuales se colocaban cantarinas avecillas multicolores.

En seguida que la misa terminaba se iniciaba la procesión, observada por la maravillada gente que se apostaba a lo largo de las aceras, en los balcones y en las azoteas de las casas. La procesión se formaba siguiendo un orden rigurosamente establecido. Principiaba con las hermandades y sus estandartes y sus faroles colocados en bastones y adornados con cristal y vidrio de colores. Seguían las cofradías, también con sus respectivos estandartes, grandes escapularios y velas en las manos. Las alumnas de las hermanas de la caridad aparecían vestidas de riguroso blanco, seguidas de dos bedeles, o cuidadores, de la Universidad, ataviados con trajes de terciopelo morado y mangas encarrujadas, llevando cada una sus mazas de plata al hombro. Después, aparecían los colegios nacionales de gregorianos, mineros lateranos, alonsiacos y seminaristas, portando sus trajes característicos. Las terceras órdenes con sus cruces, antecedían a las comunidades religiosas, precedidas por sus cruces y ciriales y por tres sacerdotes, en el siguiente orden: mercedarios, camilos, agustinos, dieguinos, franciscanos y dominicos. En seguida venían los rectores de los Colegios y la Archicofradía del Santísimo, con su estandarte del Santo Cristo. Niños y niñas vestidos de indios polleros con su huacal a la espalda, y otros de ángeles con alas de metal, diadema, penacho de plumas y sandalias, abrían paso a la Archicofradía de la Virgen de los Remedios, con sus bastones de plata rematados en un maguey, cargada en andas por seminaristas. Por fin, aparecía el Santísimo Sacramento conducido por el máximo prelado de la Iglesia Mexicana, con sus vestiduras arzobispales, protegido por un palio de lama de plata con bordados y fleco de oro. Al paso del Santísimo, niños angelicales arrojaban obleas desmenuzadas y pétalos de fragante flores. Finalmente venían las autoridades gubernamentales y el ejército y sus distintas dependencias.

Por supuesto que la tarasca era la parte más divertida y animosa de la fiesta, esperada con ansias por los niños que deseaban verla. El escritor y estudioso de las tradiciones, Don Guillermo Prieto, nos relata al respecto: … la tarasca era la sal y pimienta de la procesión. Era una figura de sierpe, en memoria de aquella que venció la Santa Marta, por más señas en Tarascón, una villa de Francia, eso era cosa grande; sobre la tarasca iba la Filis, que siempre la vestían de moda: era una tarasca que llegaba a los balcones; 16 ó 20 hombres la arrastraban en una tabla con ruedas, y todo lo pagaba el ayuntamiento…Con la tarasca marchaban los enanos, los gigantes, el español, la española, el moro y la mora, que eran unos muñecos que llegaban a las azoteas; iban precedidos de sus músicos, bailaban en las calles con mucho primor: la víspera del Corpus hacían sus habilidades en la Catedral, y durante toda la Octava andaban por la ciudad haciendo chuscadas y regocijando a la plebe.

Luego entonces, ya para el año de 1842, las procesiones de Corpus Chisti siguieron efectuándose, pero sin la participación de la maravillosa tarasca y demás monigotes que la acompañaban. Los puestos de frutas y aguas frescas se mantuvieron, para beneplácito de la gente joven que acudía a los portales a deleitarse comiendo y bebiendo lo que ofrecían los marchantes puesteros. Es muy factible que en este azaroso siglo XIX se hayan empezado a elaborar los huacalitos y las mulitas por manos de artesanos, pues Guillermo Prieto consigna los siguiente: Allí (en la plaza principal) a los niños festejosos les compraban sus huacalitos adornados con retamas y claveles, y sus tarascas de cartón; allí es el bullicio de criadas y lacayos, mientras el aislado soltero tiende su pañuelo y escoge los mameyes y olfatea y busca lo áspero de la corteza del melón y envuelve en un vale de alcance su media libra de dátiles sabrosos. Esos eran los famosos huacales de Corpus que se obsequiaban a los niños junto con dulces y alimentos. De ahí surgió la costumbre de pedir o dar huacal. Antonio García Cubas nos refiere al respecto: Aquí se veía a un nuño cargando sobre el brazo un huacalito cubierto con hojas de tule en que clavaban sus tallos algunas flores anémicas, y dejaba ver entre los intersticios que formaban sus barras de madera, la perita verde de San Juan, el empedernido capulín y el no menos recio chabacano; allí se presentaba el honrado padre de familia, de casaca azul con botón dorado, llevando en su gran pañuelo de seda, a guisa de saco, el buen melón de Jojutla, los sabrosos aguacates de Tecozautla y los ricos duraznos de Ixmiquilpan, en tanto que sus hijos con sus flamantes vestidos y gorras de terciopelo azul o morado, iban por delante cargando muy ufanos, ora la verde tarasca de cartón con rodaje de madera, ora la mulita formada de hojarasca y rellana de plátano pasado de Apatzingan.

En los pequeños pueblos de provincia la fiesta de Corpus también era majestuosa y esperada con beneplácito por los habitantes fieles a sus tradiciones. A los animales se les daba mucha importancia, pues en algunos lugares era motivo para llevarlos al atrio de la iglesia, bendecirlos y hasta asomarlos a las ventanas y balcones a ver la procesión. En un delicioso artículo Manuel Gutiérrez Nájera nos hable al respecto, desde su perspectiva de escritor costumbrista: …Grandes enramadas cubrían las calles del villorrio y por debajo de ellas íbamos marchando, vela en mano. Me acuerdo que inclinando un poco el cirio, dibujé con la cera derretida que goteaba, una vía láctea en los faldones del señor alcalde. Las casullas resplandecían, heridas por el sol, como ascuas de oro. El incienso se enroscaba en el aire y los cohetes subían por el espacio azul. En todas las ventanas había cortinas y colgajos. Algunas se engalanaban con sobrecamas de viejo damasco rameado o con la gran carpeta de una mesa redonda. Todos los santos esculpidos o pintados salían a los balcones para ver la procesión. Hasta los animales de la casa, el gato marrullero, el perrito lanudo, los canarios y los loros, tomaban parte en la solemnidad, para que la bendición de Dios los alcanzara. Unas mujeres caminaban en la procesión con el perro en brazos y la jaula colgada de la mano. Otras se contentaban con sacar los animales a las puertas de las casas y levantarlos por lo alto cuando pasaban las imágenes milagrosas… Los niños iban siempre por delante; atrás iban las andas con los santos. Recuerdo aún que por no dar la espalda a la custodia, caminaban las imágenes para atrás. Cerrando la procesión, bajo el palio azul bordado de oro, iba el cura con gran capa pluvial, apoyando contra su pecho la custodia en cuyo se veía la hostia blanca.

 

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