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La lengua como instrumento de poder

La lengua como formadora de falsa conciencia. En nuestra sociedad formada por clases antagónicas, la lengua está investida de carácter clasista. Aun cuando es patrimonio de toda la sociedad, puesto que todos sus miembros hacen uso de ella, este uso y apropiación varía en atención a las clases y grupos sociales que integran dicha sociedad. Este hecho nos autoriza a hablar de una propiedad privada lingüística que permite a la lengua ponerse al servicio de los intereses de la clase dominante y actuar como un instrumento de alienación para las clases dominadas, instrumento por medio del cual se efectúa la transmisión ideológica –entendida ésta como falsa conciencia– que el sistema requiere para su sostenimiento.

La alienación lingüística se produce en el momento en que la clase dominante, por medio del control de los diferentes canales o medios de comunicación, impone su propia connotación del significado lingüístico a la clase dominada, y convierte al individuo en un repetidor semipasivo y en un portavoz de la ideología dominante, mera víctima del proceso social. Consume productos lingüísticos y los reproduce inconscientemente, perpetuando de esta manera la alienación lingüística. Precisemos ahora algunos conceptos.

Entendemos por clases sociales a los grupos de individuos que se distinguen entre sí por el lugar que ocupan en un sistema de producción históricamente dado, determinado por la relaciones en que se encuentran respecto a los medios de producción; por el papel que desempeñan en el proceso del trabajo y por la proporción en que perciben parte de la riqueza producida en el mismo proceso. La distinta situación que ocupan las clases sociales, las sitúa en un plano de incompatibilidad y contradicción en cuanto a sus intereses. Esto es, los convierte en clases antagónicas.

Por otra parte, consideramos a la ideología como un hecho social necesario a todo sistema económico que descanse sobre la base de la explotación del hombre por el hombre, ya que constituye el conjunto de ideas y concepciones que integran el pensamiento dominante de una época y sirve como justificación de una explotación, en la medida en que, por medio de ella, se inculca en la mente de los hombres la creencia de que las desigualdades sociales responden a un hecho natural e inevitable, y a veces divino. La ideología así concebida, tiene dos ámbitos de actuación: uno individual que situamos en el campo no consciente del psiquismo, y otro social formado por las instituciones sociales y por un instrumento ideológico de suma importancia en nuestros días: los medios masivos de comunicación, a través de los cuales la ideología dominante se infiltra en la conciencia de la clase dominada, diluyendo, aparentemente, las contradicciones de clase y volviendo “soportable” una situación insoportable.

El cuerpo de ideas que comprende la ideología dominante; esto es la producción espiritual de la clase en el poder, no es un hecho fortuito, cuya existencia se deba a la casualidad, por el contrario, surge como una necesidad de justificación de las relaciones de producción y de la detección del poder en manos de una clase privilegiada. Así, la ideología está estrechamente ligada al modo de producción de una etapa histórica dada. Este modo de producción, o sea la manera como se producen los bienes materiales, está definido por la combinación entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción que se establecen entre los individuos. Las relaciones de producción, llamadas también estructuras, son aquellas relaciones necesarias que permiten la realización del proceso productivo en un determinado estadio de las fuerzas productivas. El reflejo de las condiciones de existencia de los hombres, forman lo que conocemos como superestructura, misma que descansa sobre la estructura económica, y a la cual corresponden determinadas formas de conciencia social que le son necesarias a la clase dominante, para justificar el poder que ejerce sobre las clases explotadas, y para dotar al sistema social de una consistencia y unidad que permita la realización del proceso productivo, sin que los trabajadores se percaten de que en dicho proceso, de su propia explotación se trata.

La ideología se manifiesta básicamente en dos formas: o bien como sistemas instituidos, como podrían ser la moral, la religión, la educación y el aparato jurídico; o como un sistema de costumbres y hábitos que tienen una realización cotidiana, como pueden ser los patrones de conducta familiares o los amistosos. Toda ideología nos es transmitida desde el momento de nacer, por medio de los diferentes sistemas semióticos que conforman nuestra sociedad, desde los códigos morales, por ejemplo, hasta el código lingüístico.

El carácter reivindicativo de la lengua. La lengua, transmisora de cultura y producto de ella, es un instrumento ideológico tanto de análisis como de praxis reproductora. Es fuertemente ideológica porque en manos hegemónicas constituye el sistema semiótico idóneo para el control de la conciencia social y para la reproducción práctica del sistema. Por otro lado, su condición analítica nos permite el análisis semiótico de sistemas que por ella son interpretados o reinterpretados; es un instrumento de análisis lingüístico-ideológico que nos permite penetrar en la ideología de los subcódigos lingüísticos, entendiendo a éstos como las variantes grupales de la lengua en sus diferentes actuaciones y básicamente en los niveles connotativos.

La lengua, inmersa en todas las manifestaciones culturales, nos permite analizar su conformación social e ideológica, merced a la relación que se establece entre la lengua y la sociedad que deviene una relación de intérprete e interpretado, en virtud de las propiedades semánticas que le son inherentes y de su capacidad de formación de mensajes por medio de la combinación sintáctica de los signos verbales. Si la consideramos en una perspectiva dialéctica, la lengua también asume un rol reivindicativo y liberador, y así como en un momento dado sirve para tergiversar y distorsionar significados connotados, también puede, y debe, ser portadora de otras significaciones y connotaciones que produzcan en los grupos dominados una conciencia práctica y revolucionaria. Es decir, la lengua no sólo debe ser un transmisor de significados sino, sobre todo, un transmisor de convicciones; lo que implica, además de comprender el contenido del significado, aceptar un razonamiento acorde con la realidad.

Que la lengua adopte un carácter reivindicativo está en relación directa con la praxis revolucionaria que puedan realizar los sectores dominados de la sociedad. Praxis tendiente a la adquisición de conciencia, y que adopta diferentes caminos y modalidades a través del cambio de sistemas semióticos que conforman diversos patrones culturales, teniendo como herramienta principal a la lengua.

La lengua como instrumento de análisis de la concepción del mundo. Desde el momento en que la lengua es la conciencia práctica social y la materialización del pensamiento; y que en tanto que conciencia es el reflejo de las relaciones sociales, se convierte en reveladora del conjunto de ideas que poseen las clases y estratos que integran la sociedad. Es pues, la llave que nos permite llegar al conocimiento de las diferentes concepciones del mundo. La lengua como “traductora” de otros códigos sígnicos, nos abre el camino para el análisis de todo el conglomerado semiótico que conforma patrones sociales de comportamiento; o lo que es lo mismo, para el análisis de todo el conjunto de puntos de vista e ideas que tienen los seres humanos sobre la naturaleza, el pensamiento y la sociedad condicionado por sus diversas actividades. Estos puntos de vista sobre el arte, la religión, el matrimonio, la familia, la filosofía, la belleza, etcétera, se forman en el proceso de su actividad práctica y de la asimilación de la experiencia acumulada durante el proceso de las relaciones humanas. La concepción del mundo se adquiere como un aporte de la experiencia de vida de manera inconsciente; o bien, puede conformarse conscientemente cuando hay una necesidad de comprensión y explicación de nuestra vida social (conciencia revolucionaria).

La ideología hegemónica se introduce en la conciencia de las clases trabajadoras o subalternas, por medio del envió de conceptos que le son útiles. Ningún grupo o clase social es ajeno a este bombardeo ideológico; todos por igual, en mayor o menor grado, reciben códigos ideologizantes. Si vemos a la ideología dentro de la perspectiva de un sistema semiótico, que produce y transmite significados por medio de sistemas sígnicos, vemos que al llegar éstos a la clase dominada, son absorbidos y resemantizados por ella. En este proceso de resemantización la ideología no se pierde ni desaparece, sino que adquiere una nueva connotación. De tal manera que los signos transmitidos seguirán conteniendo una fuerte carga ideológica, pero habrán adquirido características específicas que se adaptan a la esfera de intereses –hasta cierto punto- de los grupos dominados.

En resumen, diremos que las clases dominadas poseen una concepción del mundo que le es dada por su situación en el proceso productivo, y que en tanto clase dominada, está concepción está configurada por la ideología de la clase poseedora de los medios de producción, la cual, a través de los canales de comunicación y los aparatos de Estado, ejercen su control sobre aquéllos. Esto no impide que la concepción particular de cada grupo, posea características definidas y propias, pero, nos atrevemos a decir, bastante ideologizadas, en la medida en que se encuentran más o menos cercanos a una toma de conciencia de su papel histórico.

 Lo anteriormente expuesto, es sobre todo válido para grupos mestizos, ya que la cultura –entendida como concepción del mundo- de los grupos indígenas, si bien en la base conlleva el mismo proceso ideológico, tendría que ser tratada ampliando estos parámetros, toda vez que son culturas conformadas en la matriz mesoamericana y de árido América. Hecho que le otorga características sumamente particulares y especiales, pero no por ellos libres de la ideología dominante.

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