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El 25 de abril  del año de 1683, el sacerdote español Domingo Pérez Barcia, durante el mandato del virrey de la Nueva España Conde de Paredes, tuvo a bien fundar un centro que acogiese a mujeres solteras y viudas del Barrio de Belén que ocupaba lo que actualmente forma la esquina de Arcos de belén y Niños Héroes y donde se encuentra el Centro Escolar Revolución. Con el correr de los años, dicha institución llegó a albergar hasta trescientas mujeres desamparadas. El coste de tal caridad corría a cargo de los señores don Juan Chavarría Valera, un hacendado criollo adinerado, y el capitán Juan Pérez Gallardo.

Pasado el tiempo, el edificio que albergara a las mujeres en desgracia, se convirtió en el Colegio de Niñas de San Miguel de la Mochas (llamado también San Miguel de Bethlem), al cual asistían la niñas sin fortuna. Este Colegio tuvo mucha importancia, pero fue clausurado por don Benito Juárez en el año de 1862, nacionalizándose en septiembre gracias a las Leyes de Reforma. Las alumnas que había en ese momento se trasladaron al Colegio de las Vizcaínas, también para niñas.

Como la Cárcel de La Acordada, sita enfrente de la Alameda Central, se encontraba en muy malas condiciones, y había fungido como tal desde el inicio del virreinato, se decidió que el antiguo colegio de niña pasase a ser prisión. Así pues, los presos fueron trasladados el 22 enero de 1863, bajo la dirección de don Agustín de Río y en medio de una enorme vigilancia. La Memoria del Ayuntamiento da fe de los objetivos que se proponían las autoridades en la nueva prisión de Belén: Disminuir los padecimientos físicos de los presos, acabar con la ociosidad fomentando el trabajo, engendrar la moralidad en los delincuentes por medio de la instrucción y el trabajo, proteger a la sociedad, y crear en los reos hábitos de orden y economía.

La nueva prisión albergaría hombres y mujeres. En seguida se construyeron un taller y una escuela para jóvenes, locales para las autoridades y empleados de la cárcel. En fin, se acondicionó lo mejor que se pudo al vasto edificio, el cual fue inaugurado en plena invasión del las tropas francesas al territorio nacional. La comisión de Cárceles, aparato creado por el emperador Maximiliano expresó: …el local en general es bastante grande, ventilado y salubre para el objeto a que ha sido destinado, y se presta, con muy poco costó, a que se haga de él una buena prisión.

En 1886, la Cárcel Nacional de Belén cambió de nombre y se convirtió en Cárcel Municipal, ya que era mantenida por el Municipio y se habían trasladado a ella los presos de la cárcel de Ciudad.

Pasado el tiempo, a la Cárcel se le construyeron nuevos espacios; por ejemplo, el “Departamento de los Pericos”, que albergaba a jóvenes menores de dieciocho años. Otro espacio estaba formado por una serie de celdas separadas que los reos alquilaban si podían pagarlas; había celdas de primera y de segunda clase, estaban amuebladas y eran higiénicas.  El espacio llamado de “providencia” (la antigua capilla del Colegio de Niñas) estaba destinado para policías presos por corruptos,  y para delincuentes de crímenes atroces. A los “separos” iban a parar los que cometían atropellos a la disciplina. Graciela Flores en un artículo aparecido en la Revista Cultura y Religión nos informa: La prisión contaba con siete patios, cada uno con su respectiva fuente. De tal manera que el número total de secciones del edificios ascendía a 116 piezas, dentro de las cuales quedaban comprendidas los talleres, las escuela, la enfermaría, la cocina, la atolería, el sitio para las visita, la bodega para los alimentos, entre otras… una barbería, un cuarto de Archivo, otro para el jefe de vigilancia, un cuarto para el presidente mayor, otro igual para la presidenta y un salón de visitas.

Pero a pesar de tantas expectativas que se pusieron en la nueva prisión no era segura, muchos presos se fugaban, no tenía la capacidad de albergar más allá de mil presos, las galeras eran sucias, oscuras, y faltas de ventilación; todo el edificio era húmedo, no había excusados y los presos debían hacer sus necesidades en barriles colocados en las galerías, y la aglomeración humana era insoportable, pues a finales del siglo XIX había mil ochenta y seis presos. Setecientos cincuenta hombres, doscientos noventa y cinco mujeres, más cuarenta y un niños.

Debido al hacinamiento y a las condiciones insalubres de la Cárcel de Belén, las enfermedades proliferaban; las más comunes eran la sarna, las fiebres intermitentes, diversas enfermedades de la piel, las enfermedades venéreas, la anemia, las neuralgias, el escorbuto, y las enfermedades estomacales. Hubo también frecuentes casos de cólera y de tifo. Aunado a las condiciones poco higiénicas de la cárcel, se encontraba el fantasma de la desnutrición que asolaba a los presos; su alimentación era sumamente escasa; a decir de un informe de 1870: Por la mañana y por la tarde se daba a los presos de Belem de ambos [sic.] secsos atole y un pambazo, y al medio día un caldo detestable, una sopa de arroz quebrado mal hecho, dos piezas de pan y un pedazo de carne o hueso según lo que la casualidad destina a cada infeliz de aquellos […] como no se usan trastos para el servicio y muchos presos no tiene ni un solo trasto, hay veces que reciben el caldo en el sombrero, o en una vasija sola para tres o cuatro […] si se les diese de comer a los perros se les trataría mejor.

En la época del porfiriato, en este terrible lugar estuvieron presos Jesús Negrete, más conocido como el Tigre de Santa Julia, en donde encontró la muerte, Chucho el Roto (Jesús Arriaga Zamora), el escritor Heriberto Frías, acusado por haber escrito su famoso libro Tomochic, fue expulsado del ejército, apresado y enviado a la famosa cárcel.

La Cárcel de Belén siguió funcionando hasta que el 29 de septiembre del año de 1900, se inauguró la cárcel de Lecumberri, y los presos de Belén fueron trasladados de poquito en poquito a la nueva penitenciaría. En 1933, el edificio de Belén se demolió, y un año después se construyó el Centro Escolar Revolución, inaugurado por el entonces presidente Abelardo L. Rodríguez, y adornado con pinturas de los alumnos de Diego rivera, con vitrales de Fermín Revueltas.

 

 

 

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