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La Tlanchana

El Espíritu de la Madre del Agua, Atltonan Chane, posteriormente conocida como la Tlanchana, fue un ser fantástico mitad mujer y mitad serpiente del agua, conocido en la época precortesiana. Según cuentan las tradiciones, en las orillas de una gran laguna llamada las Nueve Aguas –que comprendía las lagunas de San Pedro Tultepec, Lerma y Metepec-, se aparecía una mujer muy bella desnuda de la cintura para arriba, que portaba joyas, una corona de oro y plata, y sartas de peces, acociles y ajolotes atadas a la cintura. La Tlanchana era voluble de carácter. Cuando estaba contenta su cola era como una serpiente negra; y entonces ayudaba a los pescadores de los pueblo ribereños, los “hombres de las redes”, a tener abundante pesca y a cazar muchas aves acuáticas. Cuando quería nadar por las lagunas podía convertir su cuerpo en pez. Si deseaba caminar por la ribera del lago o acercarse a los pueblos para buscar un enamorado, a su cola de serpiente le salían piernas y pies. Su carácter era posesivo y vengativo, si algún hombre no se sentía atraído por su embriagador canto, lo agarraba con su cola bifurcada de serpiente marina y lo sumía hasta el fondo de la laguna. Cuando deseaba seducir a un varón, se sentaba en una piedra a orillas del lago, deshacía sus largas trenzas, y peinaba su larga y negra cabellera, al tiempo que le decía: -¡Hermoso pescador vente a vivir conmigo al fondo del lago y conocerás placeres exquisitos que yo te daré! Si el hombre lograba sustraerse al hechizo, daba vuelta a su canoa y regresaba asustado a su pueblo; si por el contrario el pescador sucumbía a su hechizo caía arrastrado al fondo del agua y no volvía nunca más a su casa. A saber si de veras llegaba a conocer tan maravillosos placeres. Según Carrasco, lo que decía la hermosa mujer era:

Cuando veía a algún hombre los llamaba y le decía que se quería casar con él; algunos, los más valientes, se le acercaban cuando los llamaba (…) Uno que otro le contestaba que sí se casaría con ella; entonces, ella le decía: -Pero, vas a querer mantener a todos mis hijos?, -¿Y quiénes son tus hijos?, decía él -¿Los quieres conocer? Seguía ella. –Sí, contestaba él. Entonces ella alzaba los brazos, y en los sobacos había montones de ranas, culebras, patos. Atepocates y de todo lo que hay en la laguna (…) entonces el hombre le decía que eran muchos hijos, y ella le respondía: -Ya ves que no vas a querer mantenerlos, entonces no te puedes casar conmigo, para qué quieres malorearme. Y así los hombres ya se iban. Pero a veces ella los envolvía con su plática y los ahogaba. Algunos que lograban salvarse que de repente se veían en el agua.

Esta bella mujer tan especial tenía poderes de adivinación. Cuenta la conseja que los hombres la consultaban en lo referente a la pesca, la guerra, el cultivo de la milpa, y aun para contraer matrimonio.

Los otomíes la conocían con el nombre de Acpaxapo, la diosa acuática, la madre creadora de todo ser vivo, hija de la Luna. Esta mujer mágica de largos cabellos, tenía como hijos a todas las criaturas del agua, los llevaba colgados de los cabellos, las axilas y el pubis; engendraba a sus hijos cuando levantaba los brazos, entonces brotaban de sus axilas. La Tlanchana tenía un esposo que se le parecía mucho: torso y cabeza de hombre, caderas y extremidades de serpiente; ambos eran los dioses creadores de todo los que existía en el lago y en sus riberas. Para los matlatzincas, los “hombres de la red”, la deidad mantenía el equilibrio entre la tierra y el agua, debía tenersela contenta con ofrendas y plegarias.

Acpaxapo, muy importante durante la etapa postclásica del México Central, fue entre los grupos nahuas la advocación acuática de Cihuacóatl, la Mujer Serpiente; y fue Coatliltzin, la serpiente Negra, convertida en Ateteo Innan, la Madre de los Dioses del Agua, hasta adquirir el nombre actual de Tlanchana, “la que vive debajo del agua”. La mitología la presenta como la ayudante de Tezcatlipoca con el nombre de Acíhuatl, la Mujer del Agua, amalgamada, posteriormente, con la figura colonial de la sirena.

Todas estas diosas del agua, en realidad una misma con diferentes advocaciones y manifestaciones, fueron objeto de un riguroso culto en cerros y templos cercanos al agua: Xaltocan, Tzoltépetl, y Acaxapocan. Se les ofrecían flores, frutas y víctimas humanas que le arrojaban al agua, sobre todo entre los grupos tepanecas, matlatzincas y otomíes, asentados en los sistemas lacustres de las zonas del estado de México, Morelos, y el Distrito Federal.

Cuando las lagunas se secaron por la devastación que sufrieron, la Tlanchana despareció, ya nunca se apareció, pero quedó en la memoría colectiva y se convirtió en la sirena de Metepec, el pueblo alfarero.

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