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Las piedras de los mexicas

En este artículo queremos hacer una pequeña reseña de las diferentes piedras preciosas o semipreciosas que los antiguos mexicanos empleaban en la joyería, la orfebrería, la lapidaria y la medicina. Para ello nos hemos basado en la recopilación de fray Bernardino de Sahagún titulada Historia General de las cosas de Nueva España.

La quetzaliztli, sustantivación de de quetzal, conocida por los españoles como esmeralda, los mexicas la llamaban de tal manera por su similitud con el color de las plumas del maravillo pájaro quetzal. Se trataba de una piedra transparente, pulida y sin manchas. El quetzalchalchiutil, muy parecida al chalchíhuitl podía ser prístina o presentar ciertas manchas o rayas; se empleaba para hacer cuentas redondas largas, cuadradas o triangulares para ser utilizadas en la joyería. A las hermosas turquesas se las llamaba xíuitl;, y teoxiuitl a las turquesas que solamente se empleaban para los atavíos o máscaras de los dioses, porque eran sagradas; estas piedras se importaban de regiones lejanas. Las xiuhtomolli eran un tipo de turquesas redondas, cortadas por el medio, o carcomidas naturalemnte. La tlapalteoxíuitl, turquesa roja de los dioses, era una piedra muy fina, y debido a su extraño colorido no se encontraba fácilmente. El teuílotl, cristal, se le extraía de las minas, casi siempre asociado con la amatista, transparente y morada. El apozonalli, ámbar, considerada piedra a pesar de ser una resina, de increíble color dorado, solía ser de tres clases: amarillas con corazón centellante, las más bellas y apreciadas; las conocidas como tzalapozonalli, de color amarillo mezclado con verde suave, y las iztacapozonalli, de un amarillo blancuzco, como su nombre lo indica, no tan bellas como los otros ámbares y poco apreciada por los mexicas por ser opacas. La quetzalitzepyolloti, era una hermosa piedra de muchos colores que cambiaba de tonalidad conforme le daba la luz. La tlilayótic, un género de chalchihuite, mezclaba sus colores negro y verde en armonioso jaspeado.

Otra piedra muy apreciada era el jaspe, de los cuales se distinguían el blanco puro, el blanco jaspeado de verde llamado iztacchalchíhuitl, otros con vetas azules, más los jaspeados en varios colores. A los jaspes se les atribuían cualidades curativas. Otra piedra muy empleada fue la mixcatécatl, cuyas rayas le asemejaban a la piel de un tigre, que aunque de no mucha valía, también poseía facultades curativas muy apreciadas por los tícitl.

La itztétl, obsidiana. fue una piedra muy útil para hacer cuchillos y navajas para ensartar a las armas, cortar cosas duras y se empleaba para afeitar la cabeza y mil cosas más de utilidad cotidiana. Su color era el negro transparente y brillante, aunque también las había rojas y blanquizcas. Esta piedra si se la molía y el polvo obtenido se echaba en las heridas, las curaba pronto y sin dejar cicatrices; si se las fabricaba incorporadas a masa de frutas y se les daba forma de píldoras, eran muy efectivas contra las reumas, aclarar la voz y para aliviabar la fiebre.

La toltecaitztli fue una piedra sumamente apreciada por su belleza y escasez, pues ya a la llegada de los españoles no se la encontraba fácilmente, se dice que era mucho más poderosa que la itztétl para curar enfermedades. La matlaliztli azul, azul oscuro y azul claro era también muy rara, estimada por ello y porque superaba a todas las demás piedras curativas en su efectividad medicinal. La xiuhmatlaliztli, de color azul como el zafiro, se la labraba para fabricar navajas que brillaban de noche; valorada sobremanera por su rareza rara vez se la encontraba, y también poseía cualidades medicinales.

Una piedra negra parecida al azabache recibía el nombre de teótetl, piedra de los dioses. Una piedra parda manchada de gotas de color rojo, junto con manchitas verdes, se empleaba para contener la sangre de la nariz, llamábase eztétl, y su eficiencia estaba comprobada aun por los conquistadores quienes solían emplearla frecuentemente. Sahagún decía haberla usado con muy buenos resultados.

A más de las piedras mencionadas, existían otras que semejaban metal y se empleaban para fabricar espejos, como por ejemplo, una blancas que extraían de minas y al pulirlas reflejaban la imagen perfectamente. Otras eran de color negro, y también reflejaban la imagen, aunque solían deformarla un poco. Los espejos que se hacían tenían forma redonda o triangular.

Un pedernal verde llamado xoxouhquitécpatl lo empleaban los lapidarios, quienes le daban el nombre de tecélic, para labrarlo a su gusto y manera en sus diversos productos. A las piedrecitas de varios colores o veteadas, los mexicas las llamaban tepochtli, servían para hacer collares y brazaletes. A una piedra pequeña y blanca, pero cambiante con la luz, se la llamaba huitzitzíltetl, la cual se la hallaba entre la arena en las playas y en un río localizado en el Totonacapan. Si se la veía en la noche, era fácil confundirla con un cocuyo, por la hermosa brillantez que difundía.


 

 

 

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