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Los chinos llegan a México

 

 Artículo dedicado a Tai y Chemi-san, mis nietos, que cuentan con ascendencia china.

La llegada. A México los chinos arribaron vía los Estados Unidos, país en donde por causas económicas se les impidió la entrada y se les discriminó, acusándoles de hacer mil tropelías y de quitarle los empleos a los norteamericanos. Ante esta situación, en las postrimerías del siglo XIX, el gobierno mexicano, que necesitaba mano de obra barata, permitió la entrada de chinos a México para que trabajasen en las haciendas de Yucatán, las minas de Sinaloa y el ferrocarril que se construía en Tehuantepec, Oaxaca. Además de esta inmigración, comerciantes chinos llegados de Panamá se asentaron en el estado de Chiapas. A más de ello, la firma del Tratado de Comercio y de Navegación de 1899, entre México y Chiapas, propició la llegada de más chinos a nuestro territorio sureño.

Para otros investigadores, la llegada de los chinos dio inicio con los inmigrantes que llegaron a Baja California con la intención de cruzar hacia los Estados Unidos, huyendo de las terribles condiciones económicas que sufrían en su país. Los que no lograron adentrarse en territorio norteamericano, se quedaron en Mexicali, y formaron la Chinesca, barrio chino que se ubica en el centro de la ciudad, actualmente con una población de cinco mil habitantes. Los chinos que habitaron la Chinesca, trabajaban en la construcción de un sistema de irrigación en el Valle de Mexicali, que emprendería la Colorado River Land Company. Otro grupo de chinos decidió trasladarse al Valle de Guadalupe en Ensenada.

Los barcos en que viajaban estos inmigrantes asiáticos desembarcaban en Ensenada, Guaymas y Mazatlán. Provenían sobre todo de Hong Kong y Cantón, con una mayoría de inmigrantes varones y pocas mujeres. Se dedicaron, mayormente a la construcción de las vías ferroviarias y las estaciones de trenes en México y la parte suroeste de Estados Unidos. El trabajo que realizaban era agotador y muy mal pagado. A finales del siglo XIX, una gran parte de los chinos pasó al vecino país del norte con el objetivo de trabajar en la construcción de vías. Cuando el trabajo fue terminado, los norteamericanos crearon una ley con la cual se prohibía la entrada de chinos y se consideraba como ilegal a cualquiera que tuviese el atrevimiento de cruzar la frontera.

Ante esta situación, los chinos encontraron trabajo en Mexicali, como queda dicho, y participaron en la construcción del ferrocarril y en el proyecto de irrigación de tierras inhóspitas.

En  los estados norteños de Sinaloa, Sonora, Tamaulipas, Nuevo León y Baja California los chinos dejaron las actividades ferrocarrileras y de peones de hacienda, para convertirse en comerciantes y en prestadores de servicios. Poco a poco se volvieron inversionistas, e incluso terratenientes. Para 1910, en Sonora había cuatro mil cuatrocientos ochenta y seis chinos, de una totalidad de trece mil doscientos tres habitantes.

El odio racial: Torreón ensangrentado Este surgimiento de la burguesía china fomentaba el odio racial que culminó en Torreón en los inicios de la revolución Mexicana. Así el 15 de marzo de 1911, fueron asesinados cientos de chinos a manos de las tropas de Francisco I. Madero. Se les acusaba de haber atacado a las tropas mexicanas. Ante las airadas protestas del gobierno chino, el mexicano prometió el pago de una indemnización, la cual por cierto nunca fue pagada. Este hecho dio inicio a serios y graves actos de violencia, donde no faltaron los asesinatos, violaciones, robos, prohibiciones arbitrarias que las autoridades fomentaban y aplaudían, al tiempo que, hipócritamente, declaraban el respeto a todas las nacionalidades, a causa del la intervención de la Liga de las Naciones, ante la cual China había protestado por el maltrato y la discriminación que sufrían los chinos en México. La situación culminó con la emisión de leyes que prohibían la entrada de chinos a territorio mexicano.

Torreón a las tres de la tarde estaba pletórico de cadáveres. Delfino Ríos, periodista de la época escribió: Las calles de Torreón a las tres de tarde estaban cubiertas de cadáveres… La consternación en que quedó la ciudad es indescriptible, no hay palabras con que expresarla. Murió la mitad de la comunidad china, mayormente de origen cantonés, que eran propietarios de lavanderías, campesinos y comerciantes, y algunos chinos que habían fundado el banco de la ciudad.

Pedro Salmerón en su libro Benjamín Argumedo y Los colorados de la Laguna, reseña: …al señalársele el Banco Wah-Yick (o “Banco Chino”, donde estaban también las oficinas de la Asociación Reformista del Imperio Chino, partidaria de Sun Yat-Sen, conocida como “Club Chino”) como eje de esa defensa, Argumedo ordenó a sus hombres saquear el edificio y matar a quienes estuvieran en él. De ahí, los soldados se siguieron al contiguo Puerto de Shangai, almacén de ultramarinos y telas finas, y la matanza de chinos, que había empezado como algo casual, se volvió sistemática. Argumedo se instaló en un lujoso hotel del centro y dejó que sus soldados hicieran lo que les viniera en gana.

En la madrugada del 15 de mayo de 1911, llegaron a Torreón las tropas maderistas. El ejército federal que se encontraba custodiando Torreón, abandonó la zona después de haber combatido por unas horas. Eran cuatrocientos soldados –para otros investigadores se trataba de setecientos. Acusados los chinos de estar aliados con las tropas de Porfirio Díaz, los habitantes de Torreón dieron comienzo al saqueo de los comercios y las casas de los chinos. La situación llegó a una violencia extrema. Fueron asesinados sin ninguna compasión mujeres, ancianos, y niños; a causa de la xenofobia que en ese momento existía contra los chinos y también contra los árabes. Discriminación que ya se expresaba antes de la Revolución. Baste recordar un poco antes de que diese inicio tal movimiento armado, se asentaron en Torreón grupos anarquistas que apoyaban a Ricardo Flores Magón, a los que se les conocía como “magonistas” y que no se escondían para proclamarse enemigos de los chinos-mexicanos, y que en la Revolución formaron parte del ejército de Madero, que masacró a los indefensos inmigrantes chinos ya en plena revolución. A raíz de la matanza, familias enteras de chinos huyeron de la ciudad maldita, los que se quedaron guardaron silencio.

La terrible discriminación hacia los chinos. La investigadora Flora Bottom nos informa al respecto: A los chinos se les acusaba de haber desplazado a los trabajadores mexicanos porque estaban dispuestos a ejercer cualquier tarea al precio que fuera; habían acaparado labores femeninas como el lavado de ropa y otros servicios, también perjudicaban a los comerciantes mexicanos poniendo negocios que competían de manera desleal y en los que no empleaban a mexicanos. Su frugalidad era una ofensa y se traducía en la manera miserable en la que vivían, ahorrando para enviar dinero a su país. Pero aparte de estas injustificadas acusaciones, existía el hecho de que la clase media de la época, se encontraba imbuida de teorías absurdas acerca de la superioridad y la inferioridad de ciertas razas humanas. Ideas absurdas en un país donde existía una gran capa social integrada, desde hacía siglos, por mestizos, producto de mezclas entre europeos, indios y negros. La discriminación hacia ciertas etnias consideradas inferiores entre los mexicanos, sigue existiendo actualmente, aunque nos duela decirlo, y aun persiste mucha discriminación hacia los chinos.

En 1921, siendo presidente Álvaro Obregón, las leyes obligaron a los chinos a vivir en barrios especiales (¿guetos?), y a ser deportados si no podían demostrar su estancia legal en el país, expulsados si se les sospechaba que se dedicaban al juego o incluso si estaban enfermos; no podían casarse con mexicanas o mexicanos. Solamente podían entrar a México aquellos chinos que fuesen económicamente solventes u hombres de negocios igualmente solventes. Se les hostigaba continuamente, se les prohibía trabajar, y si se dedicaban al comercio se les ponían reglamentos estúpidos y draconianos para que quebrasen y se arruinasen, había boicots contra los establecimientos chinos, se formaron grupos que atacaban los negocios, como los Guardias Verdes de Sonora, y otros más… de lo que se trataba era de arrojar a los chinos de México definitivamente, o como lo decía la Liga Antichina de Tapachula, había que deschinatizar al país. Nadie se salvaba, ni siquiera aquellos chinos que ya habían nacido en México. Se les expulsaba y se les hacía cruzar la frontera norte, muchos de ellos se exiliaban junto con sus esposas mexicanas. La situación fue sumamente crítica para los chinos y sus familias. Las mujeres mexicanas casadas con chinos fueron maltratadas con crueldad, se las llamaba chineras cuando salían a las calles, se les prohibía caminar por las banquetas, se metían a saquear sus casas, e incluso de las secuestraban para golpearlas y violarlas,

Héctor de Mauleón en un artículo publicado en Nexos, afirma: En la década de 1920 el gobierno mexicano prohibió la entrada al país de trabajadores chinos, un senador (Andrés Magallón) propuso que los que ya vivían en México fueran confinados en barrios especiales, y el presidente Álvaro Obregón expidió un decreto que les prohibía vender comestibles, entrar a los restaurantes, casarse con mujeres mexicanas, tener acceso a los puestos públicos y salir de sus barrios luego de las 12 de la noche. El ex presidente y ex gobernador de Sonora, Adolfo de la Huerta, los había acusado de transmitir la sarna, la lepra, el tracoma y la tuberculosis. Una historia que el país ha tratado meticulosamente de olvidar.

Pero que no podemos dejar de lamentar, como lamentamos también la discriminación ejercida hacia las mujeres, los japoneses, los indios, los homosexuales y otros grupos socialmente marginados.

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