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Los dioses redentores. Antecedentes navideños

 En la época de la decadencia del Imperio Romano, el pueblo se encontraba sumido en la más absoluta miseria y desesperación. Los esclavos, a través de dos siglos de luchas libertarias fracasadas, se encontraban sojuzgados por los patricios. Necesitaban una urgente salida a sus problemas y esa salida fue el cristianismo, que si bien no resolvía sus vicisitudes económicas, al menos prometía la felicidad eterna después de la muerte. Cristo fue el creador de una importante religión cuya figura, harto polémica, y sus hechos y milagros se conocen por los relatos bíblicos del Nuevo Testamento.

Dos son los evangelios que relatan el nacimiento de Cristo: el Evangelio Según San Mateo en su capítulo I, y el Evangelio Según San Lucas, también en el capítulo primero. Estos son los dos únicos testimonios bíblicos en que se relata el nacimiento de Jesús el Cristo, fundador de una religión que contiene ritos y mitos de muy antigua procedencia. Por ejemplo, la afirmación de la inmortalidad del alma la encontramos en Zoroastro, reformador de la religión persa; en la cosmogonía egipcia e hindú y, posteriormente, en Platón. La idea de la resurrección de los cuerpos es también de Zoroastro. La existencia de un paraíso la proponen las religiones persa e hindú. La conceptualización de Satanás como un ser maligno, se encuentra en la mitología persa con Arimán. La misa, importante sacrifico cristiano, proviene de las ceremonias griegas y latinas. La noción de la trinidad sagrada cristiana nos remite a otras anteriores, como el caso de la trinidad hindú integrada por Savistri, padre celeste y encarnación del sol; Agni, su hijo, representante del fuego; y Vayú, el espíritu o aire, que hace concebir a una virgen: Maya. Esta trinidad védica dio origen a otras: Brama, Shiva y Visnú; Isis, Osiris y Horus, Ormuz, Arimán y Mitra; y el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Por otro parte, la imagen de Cristo nos remonta a otros dioses redentores ligados al culto al Sol. Todos ellos nacen el solsticio de invierno, cuando el Sol parece próximo a desaparecer, el 25 de diciembre. Todos mueren para resucitar en el equinoccio de primavera, cuando el Sol adquiere toda su magnificencia y termina con las tinieblas. Entre los dioses redentores encontramos a Mitra, Osiris, Krishna, Buda, Dionisos o Baco, Huitzilopochtli y, naturalmente, Jesucristo.

Mitra nació en una gruta en el solsticio de invierno, de una mujer madre-virgen. Su nacimiento fue anunciado por una estrella que apareció en Oriente, a cuyo llamado los magos sacerdotes acudieron a llevarle mirra, oro y perfumes. Mitra realizó muchos milagros, y finalmente murió y ascendió al cielo donde reside con los inmortales.

Osiris nació de la diosa-virgen Saís, el 25 de diciembre, y cuando nació su madre exclamó: ¡El dios que he parido es el Sol! En una de las paredes del templo de Luxor, Egipto, pueden verse las escenas de la anunciación en las que el dios Yath le participa a la virgen que dará a luz un hijo. Asimismo, puede verse al dios Knep, el Espíritu, llevando a cabo la concepción; y, finalmente, la escena de la adoración en el que el niño-dios recibe los dones que le prodigan tres sacerdotes.

Krishna, llamado el Redentor nació de una virgen, preñada por el espíritu de Visnú, que atravesó las paredes de la prisión en que se encontraba a causa del miedo que tenía el rey Kansa, pues en un sueño se le había anunciado que perdería el trono por el hijo que iba a tener Devanaguy, la madre de Krishna. Cuando éste nació, un viento divino abrió las puertas de la prisión y un mensajero llevó a la madre y al niño hasta un pesebre donde fue adorado por varios pastores.

Buda nació como reencarnación de Visnú, de Maya su madre, sin que haya mediado intervención sexual. En cuanto nació se puso de pie ante hombres y espíritus y una estrella apareció en el cielo. Lo fueron a adorar reyes y surgió de la tierra el árbol Bo, bajo cuya sombra se transformó en Buda; es decir, en iluminado. Ya crecido, abandonó el hogar y se fue a predicar. El más famoso de sus discursos se llama El sermón de la Montaña.

A Dionisos, el Baco romano, los griegos le llamaban El Salvador, porque curaba enfermos y vaticinaba el porvenir. Era el dios de la vegetación, que moría para resucitar en un ciclo continuo. También era el dios del vino, e incluso en uno de sus múltiples milagros se la achaca haber convertido, en su templo, el agua en vino.

Los antiguos germanos el 25 de diciembre organizaban un fastuoso banquete y encendían una hoguera a la que nombraban yule. Entre los escandinavos Frey, hijo de Odín y Frigga, fue un dios que nació un solsticio de invierno. Frigga encarnaba la fertilidad. Pasado el tiempo, se sincretizó con Santa Lucía, a la que llamaron Niña de la Navidad.

Por su parte, los druidas celebraban el 25 de diciembre una fiesta dedicada al fuego, uno de sus dioses, y encendían en la cima de una montaña grandes hogueras con el propósito de impresionar al pueblo celta con sus poderes.

 Continuará con Huitzilopochtli, dios solar

 

 

 

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