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Nuestro algodón: in ichcatl

“Quisiera ser pajarito con patitas de algodón, para posarme en tu pecho y robar tu corazón” Refrán popular.

Origen del algodón. La palabra algodón proviene dl árabe al qutun, al es el artículo determinado masculino. De tal manera que cuando decimos en español “algodón”, etimológicamente estamos repitiendo el artículo. Según afirman los científicos, el algodón se cultivaba en México hace  cinco mil años. Se trataba de la especie Gossypium Hirsutum, perteneciente a la familia de las malvaceae, también conocido como algodón de tierras altas o algodón mexicano. Es su fruto el que se emplea para elaborar hilos y telas. Las evidencias de tal cultivo se encuentran en el Valle de Tehuacán, Puebla.

Usos y tipos de algodón prehispánico. Según afirmaba el historiador Manuel Orozco y Berra (1816-1881), fueron los toltecas quienes introdujeron el algodón a México en el siglo VII. Fue sembrado en toda la zona mesoamericana, y ejercía funciones utilitarias y monetarias, además de formar parte de los tributos (en su estado natural o en mantas tejidas) que los pueblos sojuzgados debían pagar a sus dominadores. Aun cuando el algodón fue una fibra vegetal muy abundante, en la zona central de México siempre fue considerada como un  material lujoso, circunscrito por muchos años al uso exclusivo de las clases nobles, mientras que los macehuales debían conformarse con prendas de vestir elaboradas con fibras de maguey.

En la época prehispánica existieron varios tipos de algodón: el llamado cuauhixcatl (de árbol),  el de planta que recibía el nombre de ixcatl, y un algodón café amarillento conocido con el nombre de coyohixcatl, “algodón color de coyote”, o coyuchi, como se le llama actualmente. Este último tipo de algodón les era muy útil a los hiladores pues no necesitaban teñirlo para obtener el algodón café amarilloso; además, era tan preciado que atribuían su existencia nada menos que al dios Quetzalcóatl, de quien se dice tenía casas de chalchíhuitl, de plata, de conchas coloradas y blancas, de turquesas, de plumas ricas; abundaban los granos, las calabazas medían una braza en redondo, las mazorcas de maíz eran inmensas, los bledos parecían árboles; sembrado el algodón nacía espontáneamente de todos colores…Fue durante la época del reinado de Quetzalcóatl cuando se empezó a utilizar el famoso algodón coyuchi.

Los vendedores de algodón. Según  nos refiere fray Bernardino de Sahagún en su obra recopiladora, en los mercados famosos de la época mexica había vendedores de algodón que tenían sus propios sembradíos; pero había también los regatones del algodón que se dedicaban a comprarlo a campesinos productores, para después revenderlo. A decir del buen fraile, el mejor algodón se producía en la tierra de riego: sus capullos eran grandes y plenos de materia. En calidad les seguían los algodones que se producían en el este y el oeste de México, y después uno que procedía de un pueblo llamado Ueytlalpan, Puebla, y aquél que se llamaba cuauhichcatl, ya mencionado.

Era común entre los señores de los diferentes cacicazgos mexicas que se mediaran dificultades enviando mantas o algodón en bruto para zanjarlas satisfactoriamente. El mismo emperador Moctezuma tuvo a bien enviarle a Hernán Cortés “treinta cargas de telas finísimas de algodón de varios colores, y parte tejidas de hermosas plumas”.

La tintura del algodón. Las mujeres mexicas fueron excelentes tejedoras que elaboraron vestimentas de las más variadas y lujosas, así como mantas que destacaban por su enorme belleza, a más de lienzos útiles para la vida diaria como manteles, colchas, y servilletas.

Según nos informa la autora de este artículo: Los pigmentos que usaron los mexicas en sus pinturas murales, códices y cuerpos  (agreguemos al algodón) los obtuvieron de plantas, animales y minerales. El azul provenía de la planta añil; el rojo de la grana y la cochinilla, nocheztli, “sangre de la tuna”; el anaranjado del achiote; el negro de la madera del palo de Campeche quemada; el blanco de la piedra quimaltizatl y de la tierra mineral tizatlalli; el azul celeste y el turquí, se obtenían de la planta xiuhquilipitzahuac; del capulín, el morado; del los tallos del girasol, xochipalli, el verde; del cempasúchil, el amarillo fuerte; del algodón coyuche, el café claro; de la corteza del colorín, tzompantli, el amarillo; de la corteza de encino, los marrones y los cafés oscuros. El morado y el violeta se conseguía de una molusco que se cría en el Pacífico, el púrpura pansa, conocido entre los mixtecos con el nombre de tucohoyi.

Así pues, había semillas, flores, raíces, maderas, tallos, hojas y aun frutos como el capulín, los limones y el tamarindo que proporcionaban una gran gama cromática. Las tierras, los óxidos de hierro, la tiza, las piedras contribuían a enriquecer el colorido mundo azteca.

En el mercado se encontraban vendedores de pigmentos de todo tipo. Fueron tan importantes lo colores en la cosmovisión mexica que incluso contaron con un dios llamado Xiuhtecutli, El Señor Azul, el Dios de Fuego, adorado y reverenciado como uno de los dioses más importantes del panteón azteca. También conocido como el Señor Turquesa y el Señor Hierba.

El algodón podía teñirse en la madeja ya elaborada por medio de los malacates (el huso mesoamericano), o bien, se podían decorar las piezas de las vestimentas con sellos que de empapaban en los tintes que se emplearían.

Los malacates. La palabra malacate proviene del náhuatl malácatl, cuyo significado es dar vueltas, su función por antonomasia. Según las evidencias encontradas por los arqueólogos en el Valle de Teotihuacan, los malacates que se usaban para fabricar los hilos de algodón eran pequeños y poco pesados, a diferencia en los que se hilaba la fibra de maguey, ixtle, que eran más pesados y más grandes. Además de su función de tejido, los malacates se  usaban en las ofrendas funerarias, como lo demuestran los encontrados en la Tumba 7 de Monte Albán, que formaban parte del ajuar de uno de los individuos encontrados en tal tumba. Asimismo, los malacates servían como adornos de los atavíos de algunos dioses, como es el caso de la diosa Tlazoltéotl y Xólotl en su ajuar funerario.

Los malacates siempre estaban decorados, bien con rostros de personas en diferentes posiciones, con cuerpos enteros, xicaloliuhqui (o grecas en forma de escalera), flores, círculos concéntricos, animales acuáticos, aves, y animales terrestres, más decoraciones geométricas, todas ellas con connotaciones simbólicas, muchos de ellos relacionados con la fertilidad. Los malacates solían elaborarse de barro, madera o hueso. Tanto los malacates como el telar prehispánico siguen utilizándose hasta la fecha.

El telar de cintura. Una vez obtenido el hilo enredado en un huso con ayuda del malacate y teñido del color que se deseara, se procedía a elaborar la tela en el telar de cintura. Que las mujeres tejedoras ataban a un poste en un extremo, y a su cintura por el otro. El telar de cintura estaba formado por dos varillas paralelas que se llaman enjulios, y que sirven para tender la urdimbre. Un enjulio quedaba cerca de la tejedora y del amarre de la cintura; el otro, se encontraba en el extremo que daba al árbol o poste donde se ataba. De uno a otro de los enjulios se tendía la urdimbre. Ya que se la había colocado, se separaban los hilos pares de los impares, por medio de una varilla de paso. Al subir y bajar la vara de lizo, que permitía fijar los hilos pares e impares y manipularlos, se formaba la calada o hueco por donde pasaban los hilos horizontales que formaban la trama, y que estaban enrollados en un huso. Con el procedimiento de ir mezclando la trama con la urdimbre, y apretando el tejido con los tzotzopaztlis, “machetes” de madera o hueso, se iba formando el lienzo de la tela, cuyo largo dependía de la tela que se quisiera elaborar, y cuyo ancho estaba en relación a los brazos de la tejedora y a su comodidad para “lanzar” el huso.

Una vez obtenida la tela se procedía a emplearla con la función que se deseara, como mantas, huipiles, taparrabos, capas y otras cosas muchas más en las que se empleaba la tela elaborada con nuestro algodón.

 

 

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