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Prisiones, jueces y delitos entre los mexicas

El Cuauhcalli y el Petlacalli se denominaban dos de las cárceles que los mexicas empleaban para que los delincuentes purgaran sus culpas. El nombre de la primera cárcel significa Casa de Madera y el de la segunda, Casa de Petates. El Cuauhcalli se encontraba situado en la actual iglesia se San Hipólito, frente a la Alameda, en el centro de la Ciudad de México. Se trataba de una larga galera edificada con maderos muy gruesos, que tenía en su interior muchos compartimentos en forma de jaulas. Tenía en la parte de arriba una portezuela por la cual los presos eran introducidos y a la que se colocaba encima una pesada losa para impedir que los presos pudieran abrirla; por dentro todo estaba muy oscuro. En el Cuauhcalli se encontraban los presos que habían cometido los más graves delitos y por ello eran merecedores de la pena de muerte. Estos condenados recibían muy mal trato, y estaban escasamente alimentados, todos palidecían y enflacaban. En el Petlacalli, se encontraban los presos que habían cometido faltas leves, y por ende no recibirían la muerte.

Además de las mencionadas, había otra cárcel llamada Teilpiloyan donde se encontraban los presos que tampoco recibirían la muerte; más otra conocida como Malcalli, en la que se encerraba a los prisioneros de guerra que iban a ser sacrificados a los dioses en las ceremonias religiosas, razón por la cual eran muy bien tratados y alimentados en abundancia, un fueran a morirse antes de ser sacrificados.

Las sentencias a los delincuentes se dictaban en los salones de las casas reales, donde se determinaba el tipo de castigo ejemplar; los sentenciados a muerte podían ser ahorcados, apedreados o empalados. En el Tecpilcalli, se reunían los guerreros principales para juzgar a sus colegas que habían cometido el delito del adulterio; si los encontraban culpables les sentenciaban a morir a pedradas. Los nobles se juzgaban en la casa llamada Tlacxilan; en cambio, los macehuales ocupaban la casa llamada Teccalli.

El Tlatoqui o Huey Tlatoani era el supremo juez, lo auxiliaba su camarilla compuesta de cuatro personas que debían necesariamente ser sus parientes cercanos. Estos primos o sobrinos se escogían entre los parientes susceptibles a ser considerados como candidatos a la sucesión del trono. El Tlatoani y sus auxiliares formaban parte de llamado Consejo Real o Tlalocan, institución con funciones jurídicas civiles y criminales. Pero había otros jueces llamados principales encargados de las causas importantes –al igual que los anteriores- eran trece y recibían el nombre de Tecutlatoque, nobles de una moralidad intachable. Otros jueces tenían a su cargo la vigilancia de los mercados, cuidando de que todo estuviese en orden y de que no vendiesen cosas robadas o mercancía mal pesada; estos árbitros se denominaban Tianquispan Tlacayaque. El Tecuhtli, juez de elección popular, se encargaba de las causas comunes y los asuntos menores. Otro juez de suma importancia fue el Cihuacóatl que se encargaba de funciones administrativas y judiciales del Estado, tan importante era su rango legal que se le denominaba Justicia Mayor, puede decirse que el Cihuacóatl se consideraba el segundo al mando del imperio, correspondiendo el primero al Huey Tlatoani en turno. Por otra parte, cada calpulli, barrio, contaba con un juez llamado Chinancalli o Teachcauh que cumplía con las funciones legales necesarias dentro de su ámbito comunal de barrio.

Los trámites administrativos de los pleitos no debían durar más de ochenta días; así pues cada ochenta días se celebraban audiencias públicas en los que se analizaban los casos y se dictaban las sentencias.

Las penas a las que se sentenciaba a los reos culpables eran sumamente rigurosas. Por ejemplo, se daba pena de muerte a los que alteraban las medidas en el mercado, a los traidores al tlatoani mayor (muerte por descuartizamiento), al que usaba de insignias y armas reales en la guerra y en las fiestas sin merecerlas, al que maltrataba a los ministros del tlatoani, así como a la insubordinación al Estado, a los funcionarios corruptos, a los que mataban a la mujer adúltera, a los adúlteros (muerte por quebramiento de cabeza o lapidación), a los hijos que dilapidaban la fortuna de los padres, a los que robaban los objetos bélicos, a los que se embriagaban (muerte a los hombres por golpes y las mujeres por lapidación); a los sacerdotes que faltaban a la abstinencia sexual y a los travestis (hombres o mujeres) se les mataba sin miramientos, como sucedía también a las personas que se dedicaban a la hechicería. El celestinaje se castigaba con la quema del cabello con brea en la plaza pública, si un ladrón no podía reponer lo robado se le dilapidaba; en cambio, a las personas que devolvían lo robado sólo se les cortaban las orejas y los labios. A los homosexuales activos se les empalaba y a los pasivos se les extraían las entrañas por el ano. Las mujeres lesbianas recibían la muerte por medio de golpes.

En general se puede decir que los castigos aplicados a los delincuentes consistían en estrangulamiento, empalamiento, incineración, asfixia, decapitación, extracción del corazón en ceremonias religiosas, lapidación, ahorcamiento, garrote, y otras cuantas más.

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